"Gorda... estoy tan gorda como el mundo", pensó mientras trataba de
abrocharse la pollera. Contuvo la respiración y al fin el botón encontró al
ojal.
Caminó trabajosamente por las calles tratando de respirar lo menos posible.
Toda su vida había estado envuelta en carnes. Probó todas las dietas, trató
de hacer ejercicio, pero nunca consiguió su objetivo... salvo en una
ocasión, cuando iba a cumplir quince años.
Durante seis meses se esmeró en el consumo de hierbas con cola de caballo,
hisopo, lippia y ocho vasos de agua al día. No sucumbió ante la tentación
diabólica de los alfajores, papitas y chocolates que vendían en cada
esquina, y todo, inspirado no por sus quince añadas y vals de hielo seco,
sino por unos ojos oscuros que la perseguían en las madrugadas.
Su corazón logró vencer a su estómago, y el día de su fiesta, pudo lucir
como se debía el vestido holandés color lila que le regaló su mamá. El dueño
de los ojos oscuros la llevó por los veinte días más felices de su
existencia, los cuales terminaron la noche en que ellos se posaron sobre una
morena de curvas brasileñas.
Cinco litros de helado de chocolate no le bastaron para ahogar sus penas,
así que los siguientes diez años los dedicó al culto del dios de la gula,
soportando día a día las burlas a sus noventa kilos de despecho.
Más sofocada que veloz, llegó por fin a la oficina donde trabajaba y se
sentó frente al escritorio. En la sala de espera había dos hombres que no le
quitaban la vista de encima. Celeste empezó a sudar mientras tecleaba una
carta entre miraditas al rincón donde estaban los dos hombres, los cuáles,
para su alivio, fueron llamados al poco tiempo.
"Si gustan pasar...", dijo Celeste mirando la máquina de escribir. Los
hombres se levantaron y al pasar junto a ella el más alto le sonrió.
"Gracias, señorita", dijo él justo cuando el botón de la falda de Celeste
salió disparado gracias al suspiro que no pudo contener al ver esos ojos que
creía olvidados.
El hombre esquivó el botonazo tratando de suprimir la risa y entró al
despacho junto con su compañero. Celeste creyó que se le iba a reventar la
cara de la pena, se levantó y se fue al baño tratando de no llorar.
- ¿Qué te pasa?– Le dijo Adriana, su compañera de trabajo.
-Ya no puedo más, no puedo seguir humillándome por ser...–dijo entre
sollozos. Adriana la miró compasiva.
-¿Gordita..?– Dijo Adriana, Celeste la miró con furia.
-No te enojes amiga...mira, mi prima hizo el hechizo de los arroces y bajó
diez kilos en una semana.
-¡Cuál hechizo si ni las dietas me sirven..!
-Vas a ver como esto sí. Mira, el miércoles que es luna llena, a las diez de
la noche, pones en un vaso de cristal el número de arroces equivalente al
número de kilos que quieres bajar, lo llenas de agua de rosas y lo pones
junto a la ventana. El jueves en la mañana te tomas el agua, sin los arroces
y a las diez de la noche lo vuelves a llenar de agua. El viernes, a las diez
te tomas el agua y los arroces y guardas muy bien el vaso...
Celeste la miraba incrédula. Adriana se acercó más a ella y casi en un
suspiro le dijo:
- Lo más importante es que cuando acabes de bajar de peso, rompas el vaso,
para que se complete el hechizo y te quedes en ese peso para siempre.-
- No te burles de mi Adriana...
- No me burlo, te juro que es cierto. Puedes comer lo que sea y sin embargo
bajas de peso. Bueno, ya se me hizo tarde, nos vemos al rato...ya no llores.
Celeste se quedó sola en el baño. Lentamente se acercó al espejo.
"Acéptalo Celeste, naciste, viviste y te morirás como un cerdo..."
Esa noche, frente a la ventana, echó uno por uno los granos de arroz en el
vaso. Miró hacia abajo, treinta metros de caída libre resultaban tan
tentadores como los arroces, pero los ojos oscuros de su pasado la
inclinaron hacia el hechizo, y después de llenar el vaso con agua se acostó
a dormir.
Las semanas parecían eternas, al igual que sus kilos, mientras que la idea
de la caída libre le seguía rondando la cabeza. Hasta el día en que, al
ponerse una falda, el botón y el ojal se encontraron sin ningún esfuerzo.
Después fue una blusa, luego un vestido e innumerables silbidos que
reemplazaron las bromas.
Celeste aún no podía creer la tarde en que, con los ojos clavados en la
máquina, escuchó esa voz.
- Buenas tardes, ¿se encuentra el Licenciado Martínez? El hombre la examinó
de la cintura a la cabeza.
- Sí, un momento... Javier.
- ¿Cómo sabe mi nombre...? ¿La conozco?
Celeste se limitó a sonreír.
El lugar estaba repleto. Celeste y Javier llevaban tres horas dialogando
entre la música y el café.
- ¡Te ves guapísima Celeste!– Javier no se cansaba de mirarla.
-Gracias.
- No puedo creer que te haya encontrado después de tantos años.
- ¿Les puedo ofrecer algo más?– Dijo la mesera.
- ¿En serio no quieres cenar?– Dijo él.
- Bueeno...¿me trae un pollo frito con papas, unos riñoncitos al ajo, una
porción de rabas y un lemon pie?
- ¿Y usted?
- ¿Te vas a comer todo eso?
- Ay Javier, hay que alimentarse bien ¿no?
-Ehm, yo nada más una milanesa con puré mixto.– Contestó él todavía
asombrado, pero con la suficiente inteligencia para no preguntar nada más.
El romance se desarrolló entre juramentos y visitas a albergues
transitorios. La primera noche que pasaron ahí, Celeste se dio cuenta de que
la felicidad de sus quince años no se comparaba con cada roce de aquel
cuerpo entre la clandestinidad de las sábanas olorosas a jabón barato.
Perdió la noción del tiempo y se olvidó de todo lo que había afuera de esas
cuatro paredes.
La cabeza de Javier aún no se decidía entre el amor y el escepticismo. No
podía creer que la mujer que dormía entre sus brazos fuera la misma de la
oficina. Como no se atrevía a preguntarle nada acerca del cambio, se limitó
a no cuestionar y dejarse llevar por el torrente de pasión que lo
alimentaba. Y un buen día, el alimento se convirtió en sustento y se
enamoró.
Con el transcurso de las lunas llenas, las curvas de Celeste se fueron
convirtiendo en planicies.
- Mi amor ¿no crees que ya estás suficientemente delgada?– Le preguntó
Javier una tarde después de tres docenas de facturas. Celeste lo miró y se
rió.
- No me digas que estás celoso y no quieres que me vea bien.
- No es eso, me gusta que te veas bien, pero estás exagerando ¿no? y con
todo lo que comes...
- No te preocupes, estoy bien. De hecho, nunca había estado mejor en mi
vida... y no quiero pensar en nada más que en ti. Enserio, no te
preocupes...
Javier trató de no preocuparse y lo consiguió uno, dos, y hasta tres días,
pero cuando al cuarto día la fue a recoger a la oficina y a duras penas la
distinguió de un poste, dejó guardadas su despreocupación, su caballerosidad
y su gentileza en la guantera del coche y sin trabajo alguno se la llevó
arrastrando hacia el coche.
- ¡Celeste, no puedes seguir así! ¡Ahora mismo vamos a ir a un doctor!
- Qué estoy...– Pero no pudo terminar la frase, el silencio se quedó
suspendido de sus cabellos al desplomarse en el cordón de la vereda.
- ¡Celeste! ¡despierta Celeste!– Gritaba angustiado Javier mientras la
zamarreaba.
- Y desde entonces no ha despertado.– Le decía Javier a Adriana en la
cafetería del hospital.
("A la Adriana comprensiva y atenta y preocupada, Adriana de ojos brillantes
y músculos firmes. Adriana, amiga de Celeste... pero más hermosa que... tal
vez no más hermosa pero sí más viva...)
Y Javier, enamorado de un esparraguito; Javier, que se siente solo y que le
remuerde la conciencia mientras mira la boca de Adriana.
- ¡No puedo seguir así!– Casi gritó Javier
- No te desesperes Javier, vas a ver que se va a recuperar.
- Es que ya le hicieron miles de análisis y no se explican por qué sigue
perdiendo peso.
- Ay Javier...– ("Javier, pobre Javier, tan desesperado... tan solito...y
tan hermoso...sí... y tan novio de Celeste... tan flaquita la pobrecita...)
- ¡Yo tampoco puedo estar así..!
- No grites Adriana...
- Ehm... mejor vamos a ver a Celeste ¿no?
Entraron al cuarto donde apenas se distinguía Celeste entre los tubos y las
sondas. Javier se acercó a la cama y la besó en la frente. De pronto,
Celeste se despertó.
- El vaso...– Dijo en un susurro.
- ¿El qué..?– Javier se acercó a la línea transparente donde solían estar
sus labios.
- El vaso.– Repitió Celeste.
- ¿Qué dice?–Preguntó Adriana.
- Dice algo de un vaso... no entiendo.
- Abajo de mi cama, se me ... olvidó.– Dijo Celeste y se volvió a sumir en
los brazos de Morfeo.
- ¡El vaso! ¡el vaso! ¡No rompió el vaso!– Empezó a gritar Adriana como si
quisiera terminar con sus pulmones.
- ¿Qué vaso..?
El sol estaba sorprendentemente salido de entre las nubes, quemándoles la
piel y evaporando las lágrimas. Ya no quedaba nadie en el cementerio más que
Adriana y Javier. Javier tan desconsolado y triste, Adriana tan llorosa y
reservada, Javier tan elegante con su traje negro, Adriana tan tibia y tan
recargada en su brazo.
Y Celeste, tan dentro de la tierra con su vasito entre las manos.